viernes, 31 de julio de 2009

TIA AMAPOLA

Serena toca la puerta de la casa de la tía Amapola adonde acude
cuando tiene ganas de charlar con ella y en otras oportunidades cuando
se lo pide.




Ingresa, nadie la recibe, sólo ve en la primera puerta a la izquierda
a su tío Cesáreo, esposo de Amapola, absorto –como siempre- en
su laboratorio de galvanoplastia, química, fotografía. Ni siquiera
la mira.




Sus primos hermanos ya no están a menudo en esa casa, no forman parte
de la escena cotidiana, hacen su propia vida. Uno de los dos se ha
casado, el otro estudia intensamente y tiene sus amigos.




Serena pasa por varios ambientes y finalmente ingresa al dormitorio de
la tía Amapola, está en su cama con los ojos semicerrados, es la
cinco de la tarde de un invierno gris de Lima. Observa su cara poco
lavada, con rasgos de pintura, restos de chapas en sus mejillas y el
rímel que destaca en sus hermosas pestañas.



Se conmueve con el cuadro de esta mujer que cuando camina, habla, se
mira al espejo su rostro, también sus piernas que los cuida con
cremas preparadas por ella. Tía Amapola es tan linda se reitera una y
otra vez Serena. Cuando camina lo hace con gracia, donaire, porte, con
sus vestidos drapeados que afirman sus delicadas formas, despiden cierto
olor a naftalina, pero no importa eso; sino verla cimbreante, coqueta,
del brazo del marido. ¡Cómo luce! …




Verla así echada, sin vuelo, sin goce, como jode. Amapola le dice a
Serena:

- Estoy mal, alcánzame mis pastillas, esas redonditas, chicas, que
están en su recipiente. Es la hora de tomarlas, para poder estar de
pie. Nadie sobrina querida me hace caso aquí, por favor ponme mis
almohadones, incorpórame para leerte mis poemas.



Serena ayuda, le habla al oído palabras suaves, dulces. Y en ese
dormitorio sucio, puro polvo le trae a la tía una batea con jabón
y toalla para que se lave más su mejor bata satinada.

Amapola renace un poquito. Tan diferente a su madre se dice la
pequeña púber, tan diferente.

–Madre pura fuerza, sin achaques, sin quejumbres.

Pero ella quiere a su tía y más cuando está en su sano juicio,
cuando cose vestiditos para sus muñecas y las de sus primas; cuando
hace su rímel para sentirse más bella, cuando enseña cantos y
villancicos a tres de las primas que portamos la misma edad; cuando nos
prepara en la navidad para cantarle canciones al niño Manolito,
cuando retoca sus fotos personales y familiares. Y cuando nos enseña
secretos de belleza y saca de sus baúles sus zapatos de aguja, sus
ropas de fiesta, sus vestidos de gitana, collares de perlas finas y
bisutería. Y cuando lee sus poemas no solo a mí, sino a la
familia, a algunos amigos cuando la visitan.

No desea verla torturada, ahora la tía lee de ese cuaderno enorme,
como libro de actas, su poema: "salvaje" o el otro:
"libertad". Sabe que la tía escribió en periódicos de
su Arequipa añorada, que luchaba por los derechos de la mujer, junto
a su madre.

-Cómo pasó su tiempo, cómo se arruino. Cómo puede tirarse al
suelo, venirse abajo y con su marido que es un tempano de hielo, piensa
Serena.

-¡Césareo, ven! Césareo …

Serena escucha sus súplicas, el piano negro de su abuelo está en
la sala y toca una sonata de Brahms. Serena va a ver el piano, deja un
rato solita a la tía y cuál es su sorpresa que el piano toca solo,
nadie está sentado en la banqueta.




-¡Dios, Dios, qué cosa!. Seguro que debe ser que este piano
entiende los poemas de la tía y con su música los acompaña,
dice para sí la púber.




Vuelve al dormitorio de la tía en puntillas y ella está
semidormida, el libro de poemas caído en el suelo. Lo recoge,
poniéndolo en su mesa de noche.




Es hora de que Serena vuelva a su casa para hacer sus tareas, sale, pasa
por el laboratorio del tío, él no la ve, menos la siente. Cierra
la puerta de la casa de Amapola y Césareo, con delicadeza.




Luego de muchos muchos años, quizás cien Serena regresa a esa
casa, se abre la puerta, empuja, ingresa, sube las gradas. El tío
Césareo está en su laboratorio más viejo, con barbas y con una
bata blanca, todo huele a sucio, a grasa.




El tío ahora si la ve, gira, le levanta la mano en señal de
saludo. Serena le responde con el mismo ademán, pasea por cada
ambiente, el piano negro sigue en la sala, pero ahora está cerrado y
no se escucha música. Ni una sola nota.




El baño está muy sucio, deteriorado, la casa se cae por lo
vetusta. Serena llora. Ingresa al dormitorio de su amada tía Amapola
y la ve dormida, profundamente dormida, vestida de negro y su rostro
está feo y grave, le han crecido sus dientes y casi se puede decir
que tiene un rostro de caballo.




Serena llora, llora con pausa, el llanto se torna lamento. Trata de
salir de esa casa, busca la escalera, la puerta de ingreso, pero en vez
de eso gira sobre sus pasos y va hacia el fondo de ella, al patio donde
algún día ella y sus primas hermanas jugaron al jazz, a las
escondidas, a la cocinita y a la pelota.



No encuentra el patio, está tapiado. Cerrado. Serena está
aturdida, trata de ganar al tiempo, sale y en esa salida los ve a los
tíos Amapola y Césareo, una vestida de negro y el otro de blanco
haciéndole adiós. Una bola de fuego entonces rodea el ambiente.


Julia del Prado (Perú)

2 comentarios:

julia del prado morales dijo...

Muchas gracias María por su publicación. Sólo que me hubiera gustado que entre párrafo y párrafo hubiera un espacio más. Quedaría más claro. Besos, Julia

julia del prado morales dijo...

gRACIAS mIL María querida, Julia

Para Maria. De su blog


Si me envías al trabajo, linda dama,
no me esperes que llegue hasta tu puerta,
pues mis huesos alarma dan de alerta
y mejor estoy dormido en blanda cama.
Tu me pones de Muestrario caballero,
y muy digno de tu afán pongo mi arte,
para al fin a tu gloria desearte,
un saludo prolongado de sombrero.
Tu Maria, eres buena a mi estandarte,
y sin nada que turbase nuestra vida,
yo te tengo por amiga muy querida.
Este verso me sale de mi alma
y lo mando a tu buzón, con la alegria,
de tenerte en Eslovenia, a ti Maria.
Si alguna vez voy, te busco.

EMILIO MEDINA MUÑOZ

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